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Una práctica ganadera menos visible que sigue marcando el territorio.

Durante siglos, el ganado vacuno también practicó la trashumancia en distintas regiones de España. Aunque el protagonismo histórico suele asociarse al ovino, muchas razas bovinas realizaron desplazamientos estacionales para aprovechar mejor los recursos naturales. Estos movimientos no siempre implicaban largas travesías de cientos de kilómetros, pero sí respondían a una lógica clara: adaptarse al clima y garantizar pastos durante todo el año.

El viaje que marcaba el calendario rural

En el norte peninsular, por ejemplo, el vacuno subía en verano a puertos de montaña y brañas, donde el pasto era fresco y abundante, y descendía en otoño hacia valles más protegidos. En zonas de dehesa y meseta, los desplazamientos eran más regionales, pero igualmente estratégicos. Este manejo permitió mantener el equilibrio entre carga ganadera y regeneración del terreno, evitando la sobreexplotación de los pastos.

La trashumancia del vacuno no fue tan masiva ni tan reglamentada como la del ovino, pero sí desempeñó un papel importante en la configuración del paisaje rural. Muchas razas autóctonas se desarrollaron precisamente gracias a esa movilidad estacional y a su capacidad de adaptación a diferentes ecosistemas: montaña, dehesa, páramo o bosque mediterráneo.

La realidad es que ha disminuido notablemente. La modernización del sector ganadero, el uso del transporte por carretera y la reorganización de las explotaciones han reducido los desplazamientos a pie. En la actualidad, la mayoría de movimientos de ganado bovino entre zonas de pasto se realizan en camión, especialmente cuando implican largas distancias.

Sin embargo, la lógica extensiva que dio sentido a la trashumancia sigue viva en algunas explotaciones. En determinadas comarcas de Castilla y León, Aragón o el norte peninsular, todavía se mantienen desplazamientos estacionales, aunque en menor escala. Además, existe un interés creciente por recuperar prácticas tradicionales ligadas al territorio, no solo por su valor cultural, sino por su impacto ambiental.

Pero ¿qué ocurre hoy con la trashumancia del vacuno?

Desde el punto de vista ecológico, el movimiento controlado del vacuno contribuye al mantenimiento del paisaje abierto, al control del matorral y a la fertilización natural del suelo. Es una forma de manejo que favorece la biodiversidad y reduce el riesgo de incendios, especialmente en sistemas extensivos.

En zonas como los Montes Torozos, el paisaje actual refleja siglos de interacción entre ganado y territorio. Comprender la trashumancia del vacuno ayuda a entender cómo se ha construido ese entorno y por qué muchas razas están tan estrechamente ligadas a su geografía de origen.

La trashumancia vacuna ya no es una práctica generalizada, pero su legado permanece en el paisaje, en las razas autóctonas y en la forma en que concebimos la ganadería extensiva hoy.

Si quieres profundizar en esta relación entre territorio y ganadería tradicional, en Bos Taurozos puedes conocer de cerca 32 razas autóctonas que forman parte de esa historia. Puedes explorar más sobre el entorno en la sección de El Parque o descubrir las razas presentes en nuestro recorrido.

La trashumancia ya no mueve miles de animales como antes, pero sigue moviendo conciencia.
Y entenderla es una forma de reconectar con el territorio que habitamos.

Ven a conocerlo en persona y descubre cómo el pasado sigue vivo en el paisaje.

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